Liderazgo y estrategia: qué pueden aprender las empresas de la renuncia de Marcelo Gallardo
Qué enseña la renuncia del DT de River Plate, Marcelo Gallardo, sobre liderazgo, ego estratégico y gestión de equipos en contextos de alta presión.
ESTRATEGIA ORGANIZACIONALGESTIÓN DE EQUIPOSLIDERAZGO
Luciano Dalio
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En el fútbol argentino, la renuncia de un entrenador exitoso siempre genera interpretaciones cruzadas. Más aún cuando se trata de un técnico con un historial extraordinario, múltiples títulos internacionales y una relación emocional muy fuerte con el club.
Tras una serie de resultados negativos —eliminaciones tempranas, derrotas inesperadas y bajo rendimiento colectivo— Marcelo Gallardo dejó su cargo como director técnico de River Plate. Parte de la prensa instaló rápidamente la versión de que algunos jugadores “le hicieron la cama”, una expresión local que sugiere que el plantel habría provocado su salida.
Sin embargo, más allá de esa narrativa, el caso permite analizar algo más interesante desde el punto de vista organizacional:
Qué sucede cuando un liderazgo exitoso empieza a tomar decisiones estratégicas desconectadas de la realidad operativa del equipo.
Y, sobre todo, qué aprendizajes pueden trasladarse a la gestión empresarial.
1. El éxito pasado no garantiza decisiones acertadas en el presente
Gallardo había construido una etapa histórica en el club. Ese capital simbólico le otorgaba respaldo institucional y emocional. Pero el prestigio acumulado puede convertirse en un riesgo si empieza a blindar las decisiones frente a la autocrítica.
En empresas ocurre lo mismo: líderes que fueron brillantes en un contexto determinado pueden equivocarse si creen que la fórmula anterior es universal.
El mercado cambia. Las personas cambian. Las dinámicas cambian.
La estrategia también debería hacerlo.
2. La estrategia debe adaptarse al talento disponible, no al ideal teórico
En distintos partidos decisivos, River intentó imponer esquemas ambiciosos, de alta intensidad y riesgo, como si se tratara de un equipo sin margen de error físico o emocional.
Cuando el planteo estratégico exige más de lo que el equipo puede sostener, aparecen:
Errores individuales
Desgaste
Lesiones
Expulsiones
Pérdida de confianza
En el mundo corporativo, diseñar planes “perfectos en PowerPoint” pero desconectados de las capacidades reales del equipo produce el mismo efecto.
No se lidera desde el ideal. Se lidera desde la realidad.
3. El ego estratégico es más peligroso que el error táctico
Equivocarse en un partido es parte del juego. Sostener sistemáticamente un enfoque fallido por convicción personal es otra cosa.
Cuando el liderazgo se enamora de su propia visión, escuchar deja de ser prioridad.
En empresas, esto se traduce en:
Proyectos que continúan pese a señales negativas.
Reuniones donde nadie contradice al CEO.
Decisiones que se justifican más por autoridad que por evidencia.
La inteligencia estratégica requiere humildad.
4. La confianza del equipo es un activo invisible pero crítico
A medida que los resultados no llegaban, los rendimientos individuales comenzaron a caer. No necesariamente por falta de talento, sino por deterioro en la confianza.
Cuando un equipo siente que el sistema no lo protege, la seguridad psicológica disminuye.
En organizaciones ocurre igual:
Las personas dejan de arriesgar.
Se cuidan más de equivocarse que de innovar.
Cumplen, pero no se comprometen.
La estrategia no solo organiza tareas; también construye o erosiona confianza.
5. La narrativa externa puede distorsionar la responsabilidad interna
La hipótesis de que los jugadores forzaron la salida del entrenador resultó cómoda para parte del entorno. Traslada el foco del diseño estratégico hacia la supuesta rebeldía del equipo.
En empresas sucede algo similar cuando:
Se culpa a “la resistencia al cambio”.
Se responsabiliza al mercado.
Se señala a mandos medios como obstáculo.
A veces el problema no es la rebeldía. Es la desconexión entre conducción y ejecución.
6. Renunciar no siempre resuelve el problema de fondo
La salida del líder puede aliviar tensiones inmediatas, pero no necesariamente corrige la causa estructural.
Si el conflicto era táctico, cultural o de comunicación, la renuncia expone al equipo sin necesariamente fortalecerlo.
En entornos corporativos, reemplazar al gerente sin revisar la estrategia o la dinámica del equipo suele generar una ilusión de solución.
Cambiar personas no es lo mismo que cambiar procesos.
7. Escuchar al equipo no debilita la autoridad
Un líder con trayectoria consolidada como Gallardo tiene margen para ajustar sin perder legitimidad.
Podría haber:
Adaptado el esquema a las características reales del plantel.
Apartado a quienes no encajaran en la propuesta.
Redefinido roles.
Simplificado el modelo de juego.
En empresas, los líderes más sólidos son los que corrigen a tiempo. No los que sostienen una idea para demostrar coherencia.
La flexibilidad estratégica no es debilidad. Es madurez.
8. Liderar no es imponer una visión; es hacerla viable
Hay una diferencia clave entre visión y viabilidad.
Un planteo puede ser conceptualmente atractivo, audaz y ambicioso. Pero si el equipo no puede ejecutarlo con consistencia, la visión se transforma en frustración.
En organizaciones, la brecha entre discurso estratégico y capacidad operativa es una de las principales causas de desgaste.
El liderazgo efectivo integra tres variables:
Ambición
Talento disponible
Contexto real
Si una de ellas se ignora, el sistema se resiente.
Reflexión final
Este caso deportivo —más allá de simpatías o críticas— ofrece una enseñanza universal:
El liderazgo exitoso no fracasa por falta de prestigio.
Fracasa cuando deja de ajustar su estrategia a la realidad de su equipo.
En empresas, como en el deporte de alto rendimiento, no alcanza con haber demostrado idoneidad en el pasado. La autoridad se sostiene cuando la visión se adapta, escucha y evoluciona.
Y quizás la pregunta más relevante para cualquier líder no sea:
“¿Tengo razón?”
Sino:
| “¿Mi equipo puede ejecutar con confianza lo que estoy proponiendo?”
Ahí empieza la verdadera gestión.
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